Vivir con diabetes siendo mujer: desigualdades y retos
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Lic. Marlene Torres Figa
A lo largo del tiempo, ser mujer ha significado enfrentarse a distintas formas de vulnerabilidad. No por una cuestión biológica, de hecho diversos estudios muestran que el sexo femenino presenta una mayor resistencia biológica desde el vientre materno, teniendo sistemas inmunológicos más fuertes, mayor capacidad para combatir infecciones, y mayor esperanza de vida. La vulnerabilidad que viven las mujeres está en el contexto, nace de las condiciones sociales, es decir es de causa social.
Las mujeres forman parte de los grupos en situación de vulnerabilidad reconocidos por diversos instrumentos jurídicos e institucionales internacionales y nacionales. ¿En qué consiste esa vulnerabilidad que viven las mujeres? En que día a día se enfrentan al riesgo de sufrir agresiones sexuales, discriminación y diversas formas de violencia de género en distintos ámbitos de su vida cotidiana, desde sus propios hogares hasta en espacios públicos como la vía pública, así como en entornos laborales y educativos.
Vivimos dentro de un sistema que históricamente ha relegado a las mujeres a un segundo plano, asignándoles principalmente el ámbito doméstico y la responsabilidad casi exclusiva del cuidado de las infancias, las personas adultas mayores y las personas con discapacidad. Esta distribución desigual del trabajo de cuidados genera una carga física y mental significativa para las mujeres. En el ámbito económico y laboral, esta situación se ha traducido también en condiciones de desventaja que persisten hasta la actualidad. Ello se refleja en mayores niveles de desempleo e informalidad en las mujeres, así como en la concentración de mujeres en determinados sectores laborales o en puestos de menor o mediana jerarquía dentro de empresas e instituciones. Una de las expresiones más evidentes de esta desigualdad es la brecha salarial de género, que persiste en todo el mundo. En conjunto, todas estas condiciones colocan a las mujeres en una fuerte situación
de desventaja, discriminación y exclusión.
Ahora bien, cuando a esa realidad estructural se suma el diagnóstico de una enfermedad crónica como la diabetes, la vulnerabilidad se duplica: ya no solo se trata de cuidarnos del entorno, sino también de sostener un cuidado constante hacia nuestro propio cuerpo, mientras seguimos ocupandonos del bienestar de hijas, hijos, padres, personas adultas mayores y otros familiares, de la lucha contra estereotipos, discriminación, rechazo, violencia de tipo sexual y una lista enorme de desigualdades con respecto a los hombres.

Las mujeres que viven con diabetes tienen mayor riesgo de presentar complicaciones como enfermedades del corazón, pérdida de la visión, daño en los riñones y depresión, a diferencia de los hombres que viven con diabetes. Además la diabetes es la condición crónica más exigente psicológica y conductualmente ya que demanda realizar muchos cambios en los hábitos y en el estilo de vida de los pacientes. Aunque diversos estudios han demostrado que las mujeres con diabetes presentan mayor adaptabilidad a la condición desde su diagnóstico, en muchas de ellas se ha visto que eso mismo provoca que sus expectativas de cuidado bajen y por ende terminan llevando un mal manejo de su diabetes.
Asimismo, dentro de sus familias, las mujeres cuentan con menos apoyo y cohesión familiar para sobrellevar su condición de salud, lo que se deriva de la idea de que son ellas quienes deben brindar cuidados, pero no recibirlos. Dicho de otro modo, se espera que la mujer “no tenga permiso” para enfermarse, pues se le considera la responsable de las labores del hogar y la poseedora de una supuesta “capacidad innata” para cuidar a todos los demás miembros de la familia, bajo la premisa de que nadie puede cuidarlos mejor que ella. Como resultado, las mujeres suelen anteponer las necesidades de los demás por encima de las propias, se quejan menos y reciben menos apoyo familiar, dejando poco tiempo y recursos para atender su propio bienestar. Esta carga se intensifica en las mujeres que aún mantienen un trabajo formal, quienes deben equilibrar las demandas del empleo con las responsabilidades domésticas y de cuidado. En contraste, los hombres, al no asumir en igual medida estas labores, suelen contar con mayor apoyo familiar, se quejan más de su condición de salud y disponen de más tiempo y recursos para su autocuidado, incluyendo el manejo de condiciones crónicas como la diabetes, mientras que para las mujeres esto se vuelve significativamente más difícil.
Esta sobrecarga de responsabilidades, la constante necesidad de priorizar a los demás y el poco respaldo que sienten de sus familias, tiene un impacto directo en la salud mental de las mujeres que viven con diabetes. En un principio son las mujeres quienes muestran un mayor interés y preocupación por su autocuidado pero al mismo tiempo tienen una actitud menos positiva para afrontarlo. Estudios muestran que las mujeres en esta situación presentan niveles más altos de ansiedad y estrés en comparación con los hombres, quienes, al contar con mayor disponibilidad de tiempo para su autocuidado, suelen manejar mejor las demandas emocionales y médicas asociadas con la enfermedad. La combinación de la carga doméstica, laboral y de cuidado limita la capacidad de las mujeres para implementar estrategias efectivas de manejo de la diabetes, aumentando así su vulnerabilidad tanto física como emocional.
No todas las mujeres viven la diabetes de la misma manera. Las condiciones de salud, el acceso a recursos y la capacidad de autocuidado se ven profundamente influenciadas por factores interseccionales como la etnia, el lugar de residencia, la discapacidad, la situación migratoria o la maternidad en solitario. Dicho de otra forma, hay mujeres que viven una triple, cuadruple o quintuple vulnerabilidad. Por ejemplo, las mujeres indígenas o rurales pueden enfrentar barreras adicionales para acceder a servicios de salud, educación sobre la enfermedad y medicamentos; las mujeres migrantes pueden encontrarse con obstáculos legales, lingüísticos y sociales que dificultan su manejo de la diabetes; y las madres solteras deben equilibrar la crianza con el trabajo y el cuidado de su propia salud, aumentando su vulnerabilidad. A estas desigualdades se suman otras, como la pobreza, la discriminación racial o la falta de apoyo social, que agravan la carga de enfermedad.
Por ello, es fundamental que la forma en que hablamos de la diabetes en mujeres contemple todo tipo de identidades y contextos. Que reconozca estas diferencias y no trate a todas como un grupo homogéneo: se requiere una mirada interseccional que considere cómo el género se combina con otras desigualdades para afectar la experiencia y el manejo de la enfermedad.
En síntesis, es fundamental utilizar la perspectiva de género en el ámbito de la salud. De manera concreta la perspectiva de género es una estrategia que consiste en analizar cómo las leyes, políticas y programas afectan de manera distinta a mujeres y hombres, con el fin de evitar desigualdades y promover la igualdad sustantiva entre ambos. Es evidente que una condición de salud se vive y se enfrenta de manera distinta según se trate de mujeres o de hombres. No aplicar la perspectiva de género en el ámbito de la salud sería seguir reproduciendo la discriminación y perpetuar la desigualdad hacia las mujeres, un grupo históricamente en situación de vulnerabilidad y que representa la mayoría de la población, tanto en México como en el mundo. Las mujeres y los hombres enfrentan las enfermedades en contextos muy distintos: ellas suelen asumir la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado, lo que limita su tiempo y recursos para el autocuidado, reciben menos apoyo familiar y tienden a anteponer las necesidades de los demás a las propias, aumentando su estrés y ansiedad. Por ello, la agenda sanitaria no puede seguir elaborando leyes, políticas o lineamientos sin perspectiva de género.
Es fundamental que cada persona, desde su campo de acción, contribuya a que la salud de las mujeres sea prioritaria, reconociendo la importancia del trabajo colaborativo y la unión entre mujeres como pilares para avanzar hacia la equidad y el bienestar colectivo. El primer paso consiste en difundir ampliamente la importancia de que actores públicos y privados en las instituciones de salud apliquen la perspectiva de género en la elaboración de leyes, políticas y reglamentos. Debemos exigirlo, porque la perspectiva de género ya es un derecho de las mujeres, reconocido tanto en nuestras leyes nacionales como en los tratados internacionales que México ha suscrito.
Asimismo, es necesario reconocer que la carga doméstica y de cuidados, que históricamente ha recaído de manera desproporcionada en las mujeres, debe ser distribuida de forma más equitativa dentro de los hogares y en la sociedad. Las mujeres tienen derecho a disponer de tiempo para su propio bienestar y autocuidado, especialmente cuando viven con una condición de salud que requiere atención constante.
Además, es crucial que más mujeres ocupen puestos de alto mando en las instituciones de salud, contribuyendo así a la toma de decisiones con enfoque de género y asegurando que las necesidades de las mujeres sean escuchadas y atendidas. Finalmente, no debemos olvidar que la unión y el trabajo colaborativo entre mujeres es esencial para avanzar hacia una sociedad en la que ser mujer no signifique automáticamente estar en situación de vulnerabilidad, y en la que la equidad y el cuidado de la salud sean derechos efectivos para todas.
Referencias:
Al, L. A. L. [. (2019). La brecha salarial entre hombres y mujeres en América Latina: En el
camino hacia la igualdad salarial. http://coralito.umar.mx:8383/jspui/handle/123456789/1729
A pesar de las cuotas de diversidad, la brecha salarial de género persiste. (s. f.). Foro
Económico Mundial.
ha-de-genero-salarial/
La diabetes y las mujeres. (s. f.). Diabetes.
Zoe, D. B., & Clarivel, P. L. M. (s. f.). Enfoque de género en el análisis de la situación de
salud desde la perspectiva de las determinantes sociales de salud.







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